domingo, 18 de febrero de 2018

Black Panther. Aquí Pantera Negra, oiga.

Aunque la pantera se vista de seda...



Descafeinada entrega del Marvel Comic Universe. Y no, no busco ningún chiste de segundo significado ni nada. El Principe, ahora Rey, de Wakanda apenas reina en la pantalla. Su paso por el universo cinematográfico pierde toda la fuerza que pudo tener en Capitán América 3 (hace ya dos años largos) para pasearse como un simple entretenimiento de segunda.

Me explicaré sin añadir Spoilers -eso luego-: la trama de la película se basa en un pequeño acontecimiento que se nos narra al inicio del film. Un acontecimiento que poco a poco nos irán dando más detalles hasta que nos demos cuenta de lo estúpido que resulta y de la poca base real que tiene la película.
Pues la película tiene sus escenas de acción, tres... y media, para rellenar metraje con más o menos gracia -pasables a ratos y en momentos espectaculares, así pues una de cal y otra de arena-. Posee un reparto actoral de lujo. Incluso aparecen Frodo y Gollum en la misma película. Esto sí ha sido un chiste. Una banda sonora cuyo único lastre son los toques hip hop que salpican de vez en cuando y una fotografía bien cuidada. De hecho se nota que le han metido dólares al asunto. Lastima que podían haberlo enfocado un poco más en el guión.
Aquel que vaya a ver la película disfrutará de una media parte bastante decente, a ratos muy entretenida y una segunda parte -por suerte la más corta- bastante, bastante... insuficiente. Sí, dejémoslo ahí. Todo por culpa del guión.

Examinando trajes molones y dispositivos tipo 007 ¿a quién se le ocurre poner la base tipo agente secreto junto a una mina?
Pasemos a explicar en que consiste el problema del guión. Para ello aviso que es imposible sin los famosos spoilers por lo que el que quiera ir virgen al cine ya puede pasar de aquí e ir al final.
    La mencionada escena inicial nos narra como el padre de T'Challa, siendo Rey de Wakanda, viaja a donde está su hermano autoexiliado -o algo así, carece de importancia- en un piso del Bronx, o cualquier barrio marginal de EEUU en el año 91. Descubierto como traidor a Wakanda, terrorista, aliado de terroristas y futuro agitador y... vete a saber que más cargos se le podía aplicar, su hermano, el Rey, le arresta para llevarlo a un juicio en su tierra nata, Wakanda. Sin embargo las cosas se tuercen y debe matarlo para defenderse a él y a un súbdito. Sin embargo en lugar de aceptar lo ocurrido y poder exponerlo en el consejo, Su Consejo pues él es el Rey y además no ha sido más que defensa propia y de su nación, decide ocultarlo y de paso también ocultar que dejan abandonado a su suerte a su nieto -que casualmente no se encontraba en casa en ese momento-. Aquí tenemos estupidez una y dos juntitas.

Una versión diferente de las Dora Milaje.

Más tarde T'Challa toma el manto de Pantera Negra y se hace Rey de Wakanda. No, perdón. Así es como sería en los cómics. Aquí hay un ritual tradicional entre las tribus de Wakanda para que los supuestos pretendientes de cada tribu puedan retarle por el trono. Menuda estupidez pues al principio se nos dice que el espíritu de la Pantera elige el Rey y de ahí viene toda tradición. No dice nada de un desafío ritual ni hostias en vinagre. Si el espíritu lo elige no lo elige el resultado del combate. Pero la estupidez se agranda cuando, después de explicarnos que de cinco tribus solo cuatro aceptaron que esto sea así (con sus rituales, tradiciones y demás derivados del origen legendario de Wakanda), la quinta tribu en discordia aparece en medio del ritual -¡cuando ya ha pasado el turno de los desafíos y casi tenía nuestro querido T'Challa la corona en la testa!- para retar a nuestro heroe y quitarle el trono. ¿Necesito repetir que ellos no aceptaron las costumbres, rituales y derivados espirituales del espíritu Pantera? ¿Por qué narices si quiera se les permite irrumpir en el ritual/trámite de coronación?
Pasan varias cosas después durante la primera parte de la película pero se tuercen con la llegada del primo de T'Challa. Sí, el niño de su tío muerto. Que por cierto el pobre Pantera Negra no sabía nada del tema hasta poco antes de su aparición: resulta que la misión consistía en traer al un terrorista que mató a uno de los jefes de un clan de Wakanda. Su hijo y actual jefe de dicho clan es amigo de ¿toda la vida? de T'Challa y pareja de su primera guardaespaldas o pretora o guardia imperial, aka llamadas Dora Milaje y lleva esperando justicia venganza casi 30 años. Así que es lógico que cuando su amigo y actual rey le confiesa que no ha podido traerlo se lleve un disgusto/pataleta/cabreo. Lo que sí es ilógico y una estupidez que su amigo no le cuente el porqué no lo tiene en su poder, ni lo sucedido. Lo que también es otra estupidez que cuando un desconocido le trae el cadáver del terrorista este lo acepte, lo adopte y lo apoye para destronar a ¡su amigo! Por mucho primo perdido lejano del Rey que sea este.
Y por último la estupidez de T'Challa de mantener el secreto que acaba de descubrir en el consejo que, como es normal, le revienta encima.
La hermana del Rey también llegó a ser
Pantera Negra y por lo tanto Reina de Wakanda.
Así pues tenemos una acumulación de estupideces en el guión que, para justificar la confrontación final, han lastrado la película y casi no te importa el resultado final del combate. Un combate bastante flojete. La verdad.

***Fin de spoilers***



Tengo que lamentar ciertas diferencias con los cómics. En los que el poder de Pantera Negra no viene por una sustancia líquida extraña si no por que es transmitido por obra y gracia del espiritu de la pantera (que tiene un nombre pero no me acuerdo). En esta película toda espiritualidad desaparece enseguida para dar paso a la maravilla tecnológica de Wakanda. Visto así. Tal y como lo han puesto Pantera Negra (el superheroe) es un Capitán América más, pero con un traje más molón.

En resumen: tenemos pues en nuestras manos una película medianamente entretenida. Para mí la peor de las ¿18? del MCU. Una decepción.

Lo mejor: lo que no se ve. La ambientación (sobre todo la tribu de la montaña), el diseño artístico y las dos escenas postcréditos.

Lo peor: un guión tonto, que se basa en unas motivaciones estúpidas, de niños de párvulos.

PD: ¿Veremos alguna vez a Pantera Negra casarse con Tormenta, al igual que los cómics?




miércoles, 7 de febrero de 2018

6.5 El Errante: las bestias de la guerra. Ep. 6.5

Los ladrones acudían al lugar en busca de una víctima y los asesinos vigilaban a la suya. Y la red se expande en silencio.

Por las noches la posada del Cedro Rojo solía estar llena de gente de toda clase y condición. Situada a escasos metros del barrio noble de la ciudad los corruptos aristócratas gustaban de gastar su envilecido oro en sus mesas con alguna de las prostitutas del lugar, o en las habitaciones que había en los dos pisos superiores. Los ladrones acudían al lugar en busca de una víctima y los asesinos vigilaban a la suya.
Pero a esas horas de la noche las mesas estaban vacías, el ambiente olía al alcohol servido horas antes y en el suelo se podían encontrar los restos de la juerga extinta. El Errante entró pasando por encima de un borracho que había confundido el sucio suelo de la posada con su perdida cama. Pasó junto a la barra donde una esclava se esforzaba por lograr que estuviera limpia para el día siguiente. Un noble perdido en una nube de alcohol y savia era abrazado por una astuta ramera que pretendía subirlo a una de las habitaciones.
Vángar soltó su petate encima de una de las mesas y se sentó junto a él esperando a la camarera.
La joven esclava, de pálida piel y contorneada figura cuya belleza poco tenía que envidiar con la ramera que metía mano al noble dos mesas más allá, se acercó al Errante.
Años de experiencia le bastaron para reunir valor suficiente y decirle:
–Vamos a cerrar, ya no servimos nada más.
Vángar no le miró. Su capucha impedía que la esclava pudiera ver su rostro.
–Una cerveza –le pidió. No, se lo ordenó.
–He dicho...
–¡Ania! –Le interrumpió una voz.
Balnor, un viejo posadero con el doble de kilos que años, regía la posada desde sus comienzos. Con muchísima más experiencia que su esclava –hacia la cual sentía algo más que cierta atracción carnal– sabía muy bien cuando debía acceder a los deseos de la clientela.
Con un gesto le indicó a la esclava que sirviera la cerveza.



Con una mueca de disgusto Ania sirvió la cerveza al Errante dejándola caer sonoramente sobre la mesa.
–Su cerveza, bébasela y lárgese.
–¿No tiene su jefe más caliente? Pregúnteselo –le dijo Vángar sin probar la cerveza.
Extrañada, la esclava se lo preguntó a Balnor.
Éste observó al Errante.
–Ya voy yo. No te preocupes –le susurró.
La ramera abandonó exasperada su cliente potencial paseándose por delante del Errante, intentando captar su atención. Ante la impasibilidad de Vángar salió del local bufando de rabia.
Balnor se acercó al extraño visitante.
–Tengo más caliente, pero está abajo en la bodega. Si lo deseáis podemos bajar a buscarla.
–Vamos –le contestó el Errante recogiendo su equipaje.
Bajo los atentos ojos de la esclava bajaron por las escaleras que daban acceso a la bodega. Balnor encendió una antorcha para iluminar la oscura estancia, momento que Vángar aprovechó para encender el cigarro.
–Bienvenido –le saludó el posadero al Errante dándole un apretón de manos.
–Gracias. ¿Qué nuevas hay en la red?
La red consistía en un intrincado sistema de espionaje creado por orden de Actaris, recién fallecido rey de Ákrita, bajo el auspicio del Errante. Constituía una intrincada telaraña que se extendía por los reinos del norte cuyos componentes representaban los más variopintos personajes existentes: nobles aristócratas, ladrones, capitanes de la guardia, recolectores, ganaderos, posaderos, mercaderes, artesanos y fulanas.
Como fundador de la red Vángar conocía a casi todos sus miembros llegando a haber un tiempo en que la dirigía completamente sin la supervisión de su inmediato superior, su amigo Actaris. Pero era un poder en la sombra por lo que pocos conocían su posición en el reino de Ákrita y por ello debía de hacer uso de las contraseñas como todos los demás.
Balnor, que fue reclutado por el Errante en persona, intuyó el tema que preocupaba al Errante.
–Ákrita vive uno de sus peores momentos. Además de la inestabilidad típica del traspaso de poderes hay incertidumbre y expectación ante las promesas del nuevo rey.
–¿Qué promesas? –Le preguntó Vángar mientras se sentaba en las escaleras.
–Según las noticias prometió una época dorada donde reinaría la justicia, reavivaría el culto a los dioses, reactivaría el comercio y equilibraría la balanza entre la pobreza y la riqueza. A grandes rasgos, más o menos.
–¿Y eso les gustó a los nobles? –Preguntó el Errante que no alcanzaba a imaginar a éstos desprendiéndose alegremente de parte de sus posesiones.
–Por extraño que parezca sí. Aseguró que para ello no debían perder nada que de lo que ya tienen.
–Ah.
–Y en los templos los sacerdotes ya empiezan a dar las gracias a los dioses por lo que ellos llaman “la nueva oportunidad de Ákrita.”
–No puedo creer que todos aquellos nobles que infectaban cada día el palacio hoy acepten tan fácilmente al usurpador.
–Bueno –empezó a explicar Balnor, y sus palabras sonaron comprensivas–, también lo hicieron hace quince años y esta vez Ghinmes visitó con su ejército mansión por mansión exigiéndoles lealtad o “invitándoles” al auto exilio. Una oferta más generosa que la de Actaris cuando subió al trono.
Es irónico observar como el pasado te da una bofetada haciéndote tambalear el presente. Actaris exigió lealtad a los nobles a cambio de sus vidas. Pero lo peor es que fue uno de los pocos consejos que siguió de Vángar.
Si el comentario le afectó Balnor no se percató y continuó hablando.
–También están los rumores.
–¿Qué rumores?
–Se dice que Ghinmes no mató al rey. Que éste ya estaba muerto cuando asaltaron el palacio.
–Vaya.
–Sí, y aunque sólo es un rumor cada vez está más extendido y a la gente le gusta creerlo. Hay incluso quienes acusan al propio Sebral, el consejero de Actaris, ahora desaparecido al igual que la princesa.
–Sebral no fue.
–¿Cómo lo sabe?
–Lo sé. Haz que se sepa, ¿de acuerdo? –Pese al cansancio acumulado en sus párpados sus ojos no admitían negativa alguna.
–De acuerdo –contestó obediente.
–¿Y la Legión? ¿Qué ha sido de ella?
–Al principio permaneció neutral haciendo gala a sus principios, pero al día siguiente al asalto de palacio Ghinmes les hizo una visita y, respaldado por su ejército, les exigió plena obediencia o el exilio.
Balnor hizo una pausa. Parecía tener cierta dificultad para terminar.
–¿Y? –Apremió Vángar.
–Ellos se negaron a las dos opciones. Durante dos días la Sede fue asediada y al amanecer del tercer día fue arrasada. Todos murieron.
Pese a la gravedad de la noticia –Vángar esperaba poder contar con la Legión en el futuro– el Errante se sintió extrañamente conmovido. Conmovido y orgulloso de aquellos que le habían jurado lealtad. Se reprochó haber dudado de ellos, llegando a pensar que la Sede podría haber sido el aliado secreto del usurpador, y una lágrima fluyó de su ojo desnudo.
Balnor le vio.
–¿Qué sucede?
–Nada –mintió–. ¿Sigue Shamer en la ciudad?
–¿Ese viejo pirata? Debe de estar tirado borracho en algún tugurio de mala muerte del puerto.
–Necesito verle. Haz que corra la voz de que le estoy buscando.
–¿Está seguro? Sólo se me ocurre una razón por la que ese bastardo quisiera verle.
–No te preocupes, tú haz lo que te he dicho y déjame el resto a mí. Ahora –dijo dando un profundo bostezo– necesitaría un lugar donde alojarme. ¿Te queda alguna habitación libre?
–Por supuesto, se la mostraré yo mismo.

domingo, 4 de febrero de 2018

6.4 El Errante: las bestias de la guerra. Ep. 6.4

La antigua capital otrora altiva y hermosa se presenta decadente. Infectada de la más vil enfermedad que podría campar por sus sucias calles y pútridos callejones. Corrupción y avarica han sido sus mantras de los que ahora se resiente. Ningún habitante está a salvo, ningún visitante es realmente bienvenido.

Lejos estaba la antaño orgullosa ciudad de Trípemes de poseer el esplendor que caracterizaba a la capital del extinto reino de Beror.
Asediada en sus comienzos por los continuos ataques de los piratas el gobernador hizo construir poderosas murallas defensivas para proteger a sus habitantes. Su privilegiada posición en la desembocadura del río Aren –principal ruta comercial entre el reino de Ákrita y el de Beror– la convirtió en la capital del reino.
La nobleza se trasladó a la ciudad junto con la casa real obligando a reforzar y mantener diariamente estas murallas para proteger los palacios recién construidos en su interior.
Como toda capital hubo un momento en el que su expansión rebasó sus límites viéndose obligados a edificar más allá de la seguridad de las murallas. Fuera de estos muros la podredumbre infectó como un virus las casas, las cabañas, las calles y callejones, y con ella la delincuencia antes plenamente controlada comenzó a rebasar los esfuerzos de la guardia.
Beror cayó bajo los invencibles ejércitos de Ákrita y Trípemes perdió su rey, y con él todo resto de honradez y nobleza. Las grandes casas, más preocupadas por su posición social en la lejana capital de Ákrita que por el estado actual de su hogar, se corrompieron en busca de poder buscando impías alianzas con la más tenebrosa escoria llegada a la ciudad.
Piratas, ladrones y asesinos poblaban las afueras de la ciudad convirtiéndola en una ciudad asediada por su propia decadencia. El Virrey, incapaz de proteger a sus ciudadanos dentro de las maltrechas murallas –fuera de ellas se consideraba territorio salvaje a las órdenes de Miklos, jefe del clan de ladrones, y del de los asesinos–, y demasiado orgulloso para solicitar ayuda al rey de Ákrita pidió auxilio a la Legión.
Tres incursiones, tres fracasos. Los legionarios no pudieron limpiar la escoria que habitaba el anillo de callejones que rodeaba Trípemes, el cual, en clara alusión al reino de Nebra, había sido llamado el Inframundo por los habitantes de la ciudad.
La avenida de las ánimas cruzaba el Inframundo, como un gran cortafuegos en el bosque, siendo ésta la única vía de acceso a la ciudad por el sur. Pese a su gran amplitud y estar en constante vigilancia por los guardias de la puerta sur las rutas comerciales habían sido asaltadas a menudo, forzando a los mercaderes a contratar guerreros sólo para poder recorrer la avenida.
Podía haber elegido evitar pasar por la puerta sur rodeando la semiderruida muralla para saltarla a escondidas como solía ser la práctica habitual en la ciudad mas decidió pasar por el puesto de guardia como un visitante más.
Se acercó a la puerta –quizás el único tramo de la muralla conservado en condiciones aceptables– la cual se encontraba cerrada.
El Errante golpeó varias veces y gritó: –¡Ah, de la guardia!
No tuvo que esperar demasiado.
Desde lo alto de la muralla un arquero apareció apuntándolo con el arco tenso.
La puerta se abrió y tres guardias se mostraron frente a él; en semicírculo. Los dos de los extremos con las espadas desenvainadas mientras que el del centro mantenía el tipo con su arma enfundada.
Éste preguntó:
–¿Quién pretende entrar en la ciudad a estas horas de la noche?
Pese a pronunciar tan cuidada pregunta el tono de su voz delataba no poca suspicacia. Seguía con los brazos cruzados sin desenfundar el arma; lo cual indicaba su escasa intención en retar a Vángar. Pero sus compañeros daban a entender que en caso de necesidad no continuarían preguntando.
–El Errante –contestó lisa y llanamente.
Sorprendentemente el guardián del centro del semicírculo rompió en carcajadas al tiempo que ponía sus brazos en jarras.
Lo que le faltaba. El hecho de ser una leyenda viva tenía sus inconvenientes y éste era uno de ellos. Pero estaba cansado y no deseaba perder tiempo con nadie.
Su mano aferró la cota de malla del guardián cortándole las carcajadas en seco con tal rapidez que el resto sólo vieron que su compañero pasó de un instante a otro a estar junto a Vángar, a medio metro sobre el suelo.
–Escucha necio. Vas a buscar ahora mismo a tu capitán y les vas a decir que el Errante, el auténtico, está aquí.
El guardián tragó saliva.



–Y después, cuando haya desaparecido, le dirás lo mismo a Miklos, tu auténtico jefe, patán corrupto.
Lo arrojó al suelo como el que lanza un fardo de ropa sucia.
Pese al dolor de la caída se incorporó rápidamente y desapareció corriendo.
La espera fue tensa; no tanto para Vángar –el cual aprovechó para liarse un cigarro– como para los guardias, que se mostraban más bien indecisos en cuanto a su deber: Al ser atacado su compañero deberían haber respondido de igual manera pero la rapidez de este ataque les había sorprendido. Ahora no había ataque ni provocación y lo más seguro es que el nocturno visitante fuera el que había dicho ser. ¿Se atreverían a atacarle ahora que su compañero no corría peligro? ¿Tenían acaso alguna posibilidad contra él?
El capitán llegó dejando las preguntas sin responder.
–Errante –le saludó dando un abrazo–. No me digas que estos chicos te han creado algún problema.
–No. De hecho era yo el que no quería crear ninguno –le contestó en el mismo tono afable.
–Está bien chicos. Volver a lo vuestro, que Nebra nos maldiga si el eterno vagabundo no puede entrar en cualquier ciudad.
Obedeciendo los guardianes volvieron a sus puestos dejándoles a solas.
–Deberás disculparles –empezó a decir el capitán al tiempo que comenzaban a andar hacia el corazón de Trípemes–, son tiempos de inseguridad y...
–No es necesario –le interrumpió Vángar–. Después de todo sólo cumplían con su deber.
–Así es. Dime, ¿qué te trae por Trípemes? –Preguntó cambiando de tema– ¿Negocios o placer?
–Oscuros y peligrosos negocios. No quieras saber más –le recomendó.
El capitán chasqueó la lengua.
–Sólo espero que no empeoren la situación –deseó.
–Descuida. Si todo sale bien creo que la mejorará.
–Vaya. Eso sí que son buenas noticias –dijo aliviado–. Te estaríamos eternamente agradecidos.
El Errante no contestó, continuó andando por las empedradas calles.
El capitán se detuvo.
–Aquí te dejo. Me he separado de mi puesto más de lo que debería y debo volver. Cuídate viejo amigo –. Se despidió dándole un apretón de manos.
–Tú también. Vigila tu espalda.
Los dos se dieron media vuelta y continuaron su camino sin volver la vista atrás.

sábado, 20 de enero de 2018

6.3 El Errante: las bestias de la guerra Ep.6.3

Xhenis y El Errante celebran su amistad con cerveza al tiempo que debaten sobre quién podría ser el auténtico enemigo. Ambos coinciden en que todo apunta a la esposa del Ghinmes, Sylvania.

Xhenis se dejó caer en la silla abatido y prácticamente desesperanzado.
–Alguna solución habrá. ¿Quizás dejar que pase el tiempo y que Khronos ponga a todos en su lugar?
–En el momento que la gente base sus esperanzas en los dioses serán esclavos del Inframundo. Si se puede hacer algo lo deberemos hacer nosotros y no los dioses. –Contestó Vángar.
–No sé, no sé. Quizás sea la hora de «El Cambio»
–¿Qué «Cambio»? –La frase despejó al Errante como un jarro de agua fría.
Xhenis miró a las velas que iluminaban la estancia decidiéndose a contestar. –Ya sabes –dijo tímidamente avergonzado–, está escrito.
–No, no sé. ¿El qué está escrito? –Instó el visitante.
Al capitán no le hacía gracia la situación, nunca habría confesado en público su creencia en esa antigua profecía y sentía oleadas de reparos en decirla en voz alta. Y todos ellos se le agolpaban en la boca.
–Está escrito que «el día que el Ángel de la Muerte caiga el mundo cambiará y lo que fue de entonces nada permanecerá.» –Consiguió decir en voz baja, casi en susurros.
–¡Patrañas! –Estalló airado el Errante– No es ésta la actitud que has de tomar. ¡Tira al desierto este derrotismo tan insultante y levanta el arma desafiando a tus enemigos! ¿Quién lo dice? ¿Dónde está escrito? Yo soy el Ángel de Nebra. Durante mil novecientos años he vivido esperando el frío abrazo de la muerte. Buscándolo. Y por Nebra he sido ignorado toda mi larga vida, pero te aseguro que no tengo intención de caer ahora en el campo de batalla. –Terminó apoyando la cabeza en su mano derecha mezclando lágrimas con rabia y cansancio.
Xhenis, anonadado, observó en silencio a su amigo. Los apenas contenidos sollozos inundaban la tienda. Durante quince años habían compartido las penas y alegrías del campo de batalla pero nunca le había visto tan abatido. Nunca le había visto llorar. «¿Será pues cierto?», se preguntó. Mucha gente buscaba la fama autoproclamándose el Ángel de Nebra, para reunirse con ella poco después. Pero él no necesita más fama de la que tiene, y siempre ha huido de ella. «Y en quince años no ha envejecido un ápice.», se dijo. Pese a las evidencias preguntó:
–¿Estás seguro? –Tenía miedo a que su viejo amigo hubiera enloquecido.
El Errante levantó la cabeza y le observó sorprendido a través de las lágrimas.
–Vamos, debes de estar agotado por el viaje... –intentó explicarse el capitán.
–En verdad estoy cansado –interrumpió el Errante–¸ prácticamente desfallecido por el agotamiento, pero lo que te he revelado no es fruto de alucinación alguna. Tengo cicatrices que lo prueban –siguió poniéndose en pie–, pero esto no dejará lugar a dudas.
Al instante procedió a desnudarse el torso mostrando a su compañero el cuerpo del guerrero perfecto. Con su musculatura marcada por múltiples batallas varias cicatrices afloraban al exterior. Pero no fue nada de esto lo que dejó atónito al capitán; un gran tatuaje cubría todo su torso y espalda para seguir enroscándose por los brazos. Su intrincado diseño con motivos animales variaban continuamente siendo imposible fijarse en la exquisitez de los detalles. Xhenis no podía formular palabras y todo lo que consiguió pronunciar fueron balbuceos incoherentes.
–Exacto. Yo soy el Ángel de Nebra, el Ángel de la Muerte. Llevo andando por el mundo más tiempo del que pudieras soñar. He visto reinos crecer para luego ser barridos con el tiempo.
A grandes hombres marchitar en su vejez después de conseguir grandes proezas para luego perderse en el olvido. He visto muchas maravillas, más de las que a ningún mortal le deseo.
Pero Khronos se divierte conmigo y sigue fiel a su pacto con su prima Nebra.
 –Pero, ¿me estás diciendo que eres inmortal? –Consiguió preguntar su amigo.
–Si me clavas un cuchillo en el corazón moriré. Si me cortas el cuello moriré. Si me desangras moriré. Pero nunca envejeceré –dijo lastimándose de sí mismo.
–Si tanto quieres morir, aquí tienes –dijo ofreciéndole un cuchillo. –Tómalo. Y clávatelo en el corazón.
–Gracias, pero no es tan fácil.
Xhenis encarnó las cejas mostrando sorpresa.
–¿Por qué no? Es lo que quieres, ¿no?
–Sí, quiero –Contestó y al ver la siguiente pregunta en el rostro del capitán respondió antes de que ésta fuera formulada– Pero, ¿si es verdad?
–Antes has dicho que...
–Olvida lo que haya dicho antes –interrumpió con un gesto–, estaba rabioso y cansado. Hablaba engañosamente.
»El hecho es que en las antiguas ruinas de la ciudad de Kershe, situadas al norte de Lican, en una de la paredes, que milagrosamente siguen en pie, está escrito en sangre: “Y caerá el Ángel de la Muerte y el mundo caerá con él”. Así pues, si bien no habla explícitamente de la leyenda, convendrás conmigo que tampoco se difiere demasiado.»
–¿Y tú lo crees?
El Errante, ya sereno, observó el fondo de su jarra buscando en ella la respuesta adecuada.
–Durante años lo creí, luego supongo que dejó de tener importancia para mí y en lugar de permanecer escondido decidí salir y vivir como si no fuera así. Más de mil años han pasado desde entonces y durante todo ese tiempo llegue a una conclusión. Vivir mi vida, protegerla pero sin importarme el fin del mundo. Sólo como un humano más. Pero sin envejecer, claro–. Añadió melancólicamente.
Xhenis meditó largamente sus palabras y después concluyó:
–Es una sorprendente noticia sin duda, y me siento muy honrado que la hayas compartido conmigo. Pero, sin ánimo de ofenderte viejo amigo, es una pesada carga la que soportan tus hombros. Una carga que no quisiera llevar.


Vángar rió, libre como si la ruptura de una presa dejara escapar el agua estancada, como un torrente de alegría dijo:
–Tu sinceridad es de agradecer Xhenis –y bebió un gran trago de cerveza–. Y ahora, ¿por qué no me hablas de la situación en Trípemes? –Invitó.
–¿Te interesa?
–Me interesa ayudar y quizás te pueda echar una mano.
Xhenis y él conversaron sobre la situación brevemente y cuando acabaron el capitán le ofreció su lecho para que tomara reposo pero el Errante rechazó la invitación y desapareció de la tienda tan misteriosamente como había aparecido horas antes.
Ahora Xhenis se encontraba sólo. Y su pesimismo se había transformado en una incesante alegría que ni siquiera la amenaza de Sylvania en el norte la conseguía eliminar.
Estaba silbando en su tienda junto a su jarra de cerveza, otra vez llena, cuando irrumpió el sargento.
–¿Señor?
–¿Sí? Dime Aston. –No solía usar los nombres, aunque en privado se enorgullecía de saber todos los de sus hombres, y eso sorprendió al sargento.
–Un centinela de la empalizada norte dice haber visto una sombra, la figura de un hombre encapuchado que se dirigía a la ciudad desde el campamento. ¿Un espía quizás? ¿Debemos ir en su
busca?
–No, tranquilo –Contestó. «Sí que debía estar cansado», pensó. – Sólo conseguiríais más cadáveres, dejarlo marchar. Te puedes retirar.
Cuando el sargento atravesaba la entrada Xhenis le paró.
–¡Aston!
–¿Sí, señor?
–Pospondremos el ataque.
El sargento se limitó a asentir con la cabeza.
–Para dentro de treinta y seis horas –añadió.



miércoles, 17 de enero de 2018

6.2 El Errante: las bestias de la guerra. Ep.6.2

En el que El Errante visita a un viejo amigo; se quita el disfraz y charlan sobre los recientes problemas del mundo.



En la comodidad de su cabaña como general del ejército de la legión destinado a Trípemes Xhenis disfrutaba de unos de esos escasos momentos de paz que tan raramente había podido obtener desde que le adjudicaron la difícil misión de pacificación de la ciudad de Trípemes: una ciudad portuaria asediada por su propia corrupción interior hasta los límites de verse obligada a solicitar ayuda del exterior para limpiar las calles de rateros, asesinos y gente de similar calaña.
Pero a cinco kilómetros de la ciudad todo parecía diferente y el hecho de disponer de un barril privado de cerveza daba esperanzas para poder pasar una noche tranquila .
–¿Aún sueles beber cerveza hasta que sale el Sol?
Xhenis soltó la jarra sobresaltado y giró en redondo dispuesto a enfrentarse con el intruso. Una figura aparecía entre los cortinajes que separaban su camastro del resto de la tienda.
–¡Errante! ¡Bendito seas, que Begor te guarde! –Exclamó con los brazos abiertos esbozando una alegre sonrisa.
–Xhenis, viejo bribón –respondió el Errante correspondiéndole el abrazo–. Veo que has ascendido dentro de la Legión. 
–Así es, así es –afirmó con orgullo–. También yo veo que el tiempo parece no haber pasado para ti. Por Khronos que creo que el viejo dios se olvidó de ti con el paso de los años.
–No fue Khronos sino Nebra. Pero eso es otra historia –dijo el Errante con triste semblante–, y no dispongo de tiempo para contarla. Tal vez en otra ocasión.



Xhenis permaneció en silencio mientras llenaba dos jarras de cerveza negra de su preciado barril procedente de Xhantia, quizás a la espera de una posible aclaración posterior. Esta parecía no llegar y después de haberse sentado los dos, junto a una pequeña mesa con sus respectivas jarras, rompió el silencio mientras su visitante liaba un cigarro con aire pensativo.
–Dime pues, ¿qué poderosa razón te ha motivado a sortear la seguridad de mi campamento para infiltrarte en mi tienda? ¿Y a quién de todos mis hombres he de dar ejemplar castigo porque lo hayas conseguido? –Preguntó frunciendo el ceño.
–Contén tu ira –apaciguó El Errante con un cansino gesto de su mano izquierda–, pues bien sabes que nadie podría impedirme entrar si me lo propusiera y así ha sido esta vez –terminó aspirando profundamente de su cigarro.
–Lo haré pues así lo pides, pero sólo si te quitas ese ridículo parche. No te preocupes por visitas inesperadas pues he ordenado que no se me moleste hasta el alba y nadie reconocerá en ti a Vángar, el Primer legionario. 
El Errante se quitó el parche que usaba como disfraz y después de otro sorbo de cerveza preguntó pensativo:
–¿Qué noticias tienes de Ákrita? De la ciudad quiero decir.
–No gran cosa –contestó Xhenis desanimado–, se dice que el rey ha muerto a manos de su primo haciéndose éste con el poder del trono. Que hubo una matanza en palacio en la que algunos legionarios se vieron implicados y de la que se salvaron la princesa y ese viejo hechicero de Sebral –acabó con la amargura en la boca.
–Mago –corrigió el Errante.
–Mago pues –claudicó–. Los cuales desaparecieron huyendo con rumbo desconocido.
Vángar enmudeció, en parte debido al cansancio del viaje, pero esbozó una tímida sonrisa que a su compañero le pasó desapercibida. «Y así a de ser, por el momento.», pensó.
–Supongo que el nuevo rey habrá dado orden de busca y captura por todo el reino –continuó el capitán.
–Y la Legión, ¿cuál es su postura?
Xhenis miró pensativo a Vángar. Bebió un largo trago de cerveza para adquirir coraje y después de limpiarse la espuma de la boca con la manga contestó:
–Por ahora no hay ninguna postura oficial. Mis últimos contactos con mis superiores fueron hace cuatro días. Pero creo que nuestros cuarteles han sido respetados del saqueo y el pillaje. Quizás por miedo, o puede que por respeto, pero no lo sé seguro.
–¿Y tu postura?
–¿La mía? –Preguntó sorprendido–. Cumplir mis últimas órdenes, llevar a cabo mi misión –dijo agitando la jarra de cerveza con una mano–. Limpiar de escoria las calles de Trípemes –añadió señalando con la misma jarra un mapa de la ciudad que colgaba en un lado de la tienda. Y salpicando unas pocas gotas de cerveza en él.
El Errante no dijo nada. Su silencio enfureció a Xhenis.
–¡Bien sabes –saltó en cólera–, que los legionarios nunca juraremos lealtad a ningún rey! ¡Nunca! 
–¿Nunca?
–¡Por Sark que sino fueras tú ahora mismo te estarías tragando tus palabras junto al filo de mi acero! –Dijo desenfundando su espada para acompañar sus palabras.
El Errante permaneció silenciosamente inmóvil mientras observaba al capitán. Xhenis sudaba por el estallido de cólera, temía que sus gritos alertaran a sus hombres. Mas nada de ello dijo y permaneció a la espera con la espada en la mano. En un movimiento fugaz el Errante asió la jarra y se la llevó a los labios sobresaltando al capitán.
–Brindo por ello –dijo–, y ahora enfunda tu arma antes de que te hagas daño, ¿o te olvidas con quién estás hablando?
Xhenis obedeció vacilante y se volvió a sentar en su silla.
–Perdona –se disculpó–, pero no permito que se ponga mi honor en duda.
–Y así ha de ser amigo.
Los dos bebieron de sus jarras y el Errante reinició la conversación:
–Vengo de Xhantia, tu tierra.
La noticia sorprendió un poco a Xhenis, pero sólo un poco.
–¿Y? ¿Cómo va todo allí? –Preguntó intentado ocultar su sed de noticias.
–Pasé por el Paso de Copro para venir aquí. Se encuentra fuertemente vigilada por unos doscientos soldados, a las órdenes de un tal Lord Xeos, o algo así –dijo desentendiéndose de la duda con un gesto de su mano–. ¿Lo conoces?
–Sí, lo conozco. Es un pomposo idiota, un noble con aspiraciones a entrar en La Asamblea, pero sin embargo un diestro espadachín. Muy asustada debe de estar La Asamblea si le envía a él a vigilar la Puerta Oeste –dijo pensativo.
–Así es –continuó el Errante después de un trago de cerveza–. Se debe a que a menos de dos kilómetros de ella hay un campamento recién emplazado por orden del nuevo rey de Ákrita.
Xhenis dejó que hablara.
–Estuve hablando con ese Lord Xeos; al parecer la frontera norte con Ákrita se encuentra en la misma situación. La Asamblea a enviado a Elt, el Grande, a través del Desfiladero de Gruham hasta el Valle de los Reyes para proteger Xhantia del invasor –Xhenis abrió ampliamente los ojos por el golpe de la sorpresa–. No ha habido batalla aún pero Elt permanece con sus tres mil hombres en su lado del valle mientras en el otro acampa un ejército similar a la espera de órdenes de Ákrita. –Después de exponer la situación Vángar permaneció pensativo mirando la lona del techo de la tienda luchando con el cansancio. 
Xhenis meditaba sobre las noticias. Xhantia permanecía independientes del reino de Lican merced a un frágil tratado, y con la frontera este debilitada para reforzar las otras dos... 
El Errante interrumpió sus cavilaciones adivinando las preocupaciones del capitán:
–No temas. Xhantia y Lican han reforzado el tratado y no hay peligro de que os invada, por ahora.
–No entiendo –dijo Xhenis dubitativo–, Tú y yo conocemos a Ghinmes personalmente y nunca ha sido un hombre de armas, no lo creo capaz de planear un acto así. Y mucho menos de llevarlo a cabo.
–Tampoco yo lo creo –siguió Vángar entrecerrando los ojos. El cansancio empezaba a hacer presa de él. Por un instante Xhenis pensó que su amigo caería dormido–. Pero hay otra persona –consiguió recuperarse–, Sylvania.
–¿Su mujer? –Preguntó sorprendido. Pero luego recapacitó– Bueno. Creo que tú la conoces mejor que yo –dijo con una sonrisa burlona.
–En efecto.
–Yo creía que estaría la mano de algún poderoso mago en todo esto –confesó el capitán–, ¡Malditos sean! –Profirió poniéndose a andar en círculos por la tienda. Nervioso por la preocupación.
–Y aunque me pese decirlo temo que no te equivocas esta vez. Has de saber que Sylvania, a parte de ser una hermosa mujer es también un mago de los más poderosos. Ahora siéntate que me mareas.

viernes, 12 de enero de 2018

6.1 El Errante: las bestias de la guerra. Ep.6.1


En donde nos dejamos de relatos pretéritos y volvemos a la actualidad en la frontera. Mientras, Sylvania sigue sus experimentos de magia y alquimia para conseguir el soldado definitivo.

6-Trípemes



«...y esa es la autentica historia de lo que sucedió en ese bosque. Después de pensarlo detenidamente no creo que mi aportación hubiera variado mucho al desenlace de los acontecimientos; pues parecía ser que los lobos ya habían tomado cartas en el asunto y se dirigían a realizar lo mismo que yo había empezado.
»Espero que el relato os haya gustado y que mi narración no haya resultado demasiado monótona –dijo disculpándose por su falta de talento. 
Pero todos estaban absortos por sus palabras ajenos al resto del campamento hasta que el grito de un vigilante les sacó de sus abstracciones.
–¡Ya llegan señor! 
El Errante dirigió la vista a Katel, el vigilante de la muralla, y como una flecha corrió hacia la torre en busca del durmiente Lord Xeos.
–¡Despertad! –Le ordenó–. Las tropas que pediste se acercan por el este mientras os debatís entre el sueño y la apatía.
–¿Cómo decís? 
–¡Arriba si no quieres perder el mando de tus tropas, estúpido patán! –Le gritó mientras le zarandeaba.
–Está bien, está bien. Ya está –dijo desasiéndose del Errante.
–Muy bien –le dijo mientras le observaba severamente–. Entonces me voy.
–¿Te vas? –Le preguntó todavía incrédulo.
–Eso mismo. Ahora te toca a ti mantener el puesto, es la hora de la verdad. A partir de ahora todas tus decisiones serán de vital importancia para las vidas de aquellos que están a tu cargo. Afronta éste con la mayor de las responsabilidades y hazte merecedor del título que tan pavoneantemente ostentas.
Al susurro de unas arcanas palabras un aro de luz azul apareció a la derecha del Errante. 
–Qué Sark os guarde –le deseó al noble al tiempo que se internaba por el portal mágico.



Sylvania sonreía de satisfacción. Aunque sus siervos del pozo retrocedían al verla sonreír, tropezándose algunos con otros, estaban equivocados. Lo que ellos entendían por diabólico no era más que la marca de una sonrisa de satisfacción forzada por el cansancio y la dificultad reinante en el subsuelo para respirar. Si bien su bello rostro se encontraba rasgado por el agotamiento ella se encontraba radiante de alegría; había invertido muchas horas de estudio, pruebas y más pruebas infructuosas para obtener su propósito. Ella sola había logrado modificar el proceso de creación del jugger, un proceso invariable durante cientos de años, para obtener un jugger más independiente pero igual de eficiente y leal que sus predecesores. Esa autonomía permitiría a Sylvania crear todo un ejército de juggers. Un ejército invencible.
Entre forzosos respingos se mantenía de pie observando el pastoso caldo amarillo que contenía el pozo. El jugger debería aparecer justo ahora. 
No aparecía.
Pacientemente esperó. Grandes cascadas de caldo ardiente caían directamente de la superficie para alimentar el pozo. Otras, más pequeñas pero también más numerosas, caían de distintas tuberías que surgían de diferentes alturas de la rocosa pared atravesando las más grandes. El continuo torrente producía un estruendo ensordecedor que impedía cualquier conversación obligando el mutismo. Enormes columnas de vapor emanaban del pozo hasta ocultar el manto de estrellas.
Y ella esperaba.
–¡Ahí! –Gritó a través del ruido. Y sus sirvientes más cobardes huyeron aterrados por el grito.
De la superficie del burbujeante caldo una atlética figura surgía lentamente; como si fuera alzada por una gigantesca mano la criatura alcanzó la superficie del caldo. Alzó la cabeza y entre su mojado y enmarañado pelo miró a su ama. Sylvania le esperó en silencio. El jugger se acercó lentamente hacia ella, paso a paso, andando por la superficie del caldo. Al llegar a ella la figura se arrodilló y Sylvania gritó por su triunfo helando la sangre del resto de los sirvientes presentes.
Todos los juggers anteriores habían necesitado la guía de su ama para los primeros pasos pero éste no, ya no. Lo había conseguido.
–Prepararlo para la batalla –ordenó al maestro armero, que esperaba pacientemente a sus espaldas.

martes, 9 de enero de 2018

5.2 El Errante: las bestias de la guerras. Ep.5.2

En donde se relata el final de aquel sangriento encuentro entre El Errante y aquellos seres de tierras lejanas.


No sé bien que debió de ocurrir dentro de la cabaña. Supongo que discutirían sobre la decisión a toma: huir o quedarse para luchar conmigo. Aunque creo que el hombre debería de estar más decidido por la primera opción las mujeres salieron en mi busca poco después. 
Desde mi posición pude observar el milagroso cambio de sus esbeltas figuras femeninas a sus poderosos cuerpos de leonas mientras se internaban en la oscuridad del bosque siguiendo mis huellas. Desde mi posición en lo alto de un árbol esperé a ver si el león salía de su hogar pero no lo hizo. Volví hacia un claro del bosque en donde estaban las dos leonas siguiendo mis huellas. Entonces no le hice mucho caso pero ahora recuerdo que me pareció oler –sí, he dicho oler- como unos lobos se acercaban por el norte. 
Salté sobre una de ellas clavándole la vara en la espalda, rompiéndole la columna y dejándola inmovilizada en la hierba. La otra leona no esperó y saltó sobre mí con gran furia. Un giro de muñeca y un movimiento de mi brazo izquierdo bastaron para trazar un arco con la vara que la desvió brutalmente de su salto para arrojarla contra un árbol tres metros a mi izquierda. Tardó poco en recuperarse y mientras desenvainaba la espada oculta en la vara pude observar como sus ojos me miraban con rabia asesina al reconocer lo que le había hecho a su compañera. Saltó repentinamente clavándose mi espada en lo más profundo de sus fauces. Su muerte fue instantánea y me alegro de decir que no creo que sufriera mucho. Desencajé la espada del cadáver mientras éste se transformaba en la bella mujer que me había servido el vaso de agua momentos antes. Me acerqué a la otra leona que agonizaba en el suelo y con un certero tajo le cercené la cabeza. Limpié mi espada en su pelaje momentos antes de que desapareciera para convertirse en la suave piel de una mujer.
Descansé un momento observando los dos cuerpos, esperando la llegada del león que no apareció. No se muy bien porque pero recogí los cadáveres para llevárselos al hombre que esperaba en la cabaña. Cuando llegué me miró perplejo –supongo que no esperaría que volviera-, mientras deposité los cuerpos de sus compañeras en la puerta de su hogar. Su rostro se transformó de la sorpresa a la tristeza y se arrodillo entre sollozos junto a ellas.
–Hasta la puesta del Sol –le repetí mientras me volvía a dirigir al bosque.
No debería de haberle dado la espalda porque el león saltó clavándome su mandíbula en mi hombro izquierdo. Una punzada de dolor recorrió inesperadamente todo mi cuerpo haciéndome perder el equilibrio. Caí sin control contra el suelo. El león se acercó a mi cara convulsionada por el dolor. De sus fauces manaba su rabia y su furia se agolpaba en sus ojos desesperada por salir al exterior. Su saliva caía sobre mi rostro mientras saboreaba la venganza. Abrió sus fauces para el mordisco final y dos lobos saltaron sobre él atacándolo por los dos flancos. Durante todo el momento que permanecí inmóvil postrado en el suelo pude ver como decenas de lobos nos habían rodeado y atacaban despiadadamente al león por oleadas. El león se defendía clavándoles sus zarpas a unos, desgarrando a otros con sus dientes; numerosas fueron las bajas entre los lobos pero al final el número superó al poder del león que cayó agotado, sangrando, moribundo por las numerosas heridas sufridas. 
Al caer éste los lobos se apartaron de su enemigo. Un lobo blanco se acercó lentamente al león; parecía tener más de mil años, radiaba nobleza en su porte, con un gran poder interior y sus ojos mostraban una inteligencia milenaria. Todos los demás lobos parecían obedecerle y no me extrañaría que perteneciera a la manada que acabó con el gran jabalí. El lobo acercó sus fauces al estomago del león y le clavó simbólicamente los dientes, luego se apartó del vencido. El resto de los lobos cayeron sobre el león desgarrándole y deshaciendo el cadáver en varios pedazos que se comieron ávidamente.
El lobo blanco se acercó a mí y me miró fijamente. Parecía calibrarme cuidadosamente. Cuando terminó lo que estuviera haciendo acercó aún más su hocico a mi cara y me dio un lametón. Luego levantó la cabeza y a su orden todos los demás lobos le siguieron hacia lo más profundo del bosque.